Autor: LUIS HARANBURU ALTUNA
Fuente: OPINION | ELCORREO.COM
Vaya por delante que no me gusta el término vasquista. Prefiero lo del socialismo vasco a secas. Me imagino que si lo utiliza Jesús Eguiguren lo hace para acentuar la necesaria sensibilidad por lo vasco que el socialismo de aquí debe tener. Ello significa que no siempre ha tenido la sensibilidad para valorar lo euskaldun. Es el camino correcto.
La ambigüedad del término, sin embargo, remite a una historia política del País Vasco donde 'lo vasco' ha estado monopolizado por el nacionalismo. Para ser vasco había que ser nacionalista y quien no lo era difícilmente lo podía ser aunque hubiera nacido en Aizarnazabal y tuviera no sé cuántos apellidos euskaldunes. Ser vasco era una cuestión no de apellido, sino de credo. Credo nacionalista, por supuesto, haciendo bueno el axioma de 'Euskaldun fededun'. En la circunstancia del monopolio de lo vasco por parte del nacionalismo, era lógico que los socialistas hablaran de vasquismo como si lo vasco fuera una característica privativa de los nacionalistas. Pero las cosas han cambiado. A mejor, claro.
El hecho de que sea un socialista el que hoy gobierna Euskadi es la demostración palpable de que el cambio operado en el País Vasco significa mucho más que la normal alternancia de siglas en el poder. Significa que lo vasco recupera su pleno sentido y abandona la carga ideológico-étnica impuesta por el nacionalismo. Lo vasco comprende hoy no sólo a los nacionalistas, sino a todos los ciudadanos que residen en Euskadi. Hasta ahora los nacionalistas han alimentado la percepción antidemocrática de que en este país había dos tipos de habitantes: vascos los unos y españolistas los otros. Lo que el nacionalismo no puede admitir es que vascos lo somos todos, tanto quienes poseen una determinada ideología nacionalista como los que no.
El cambio político producido en Euskadi está cargado de significados políticos, pero también culturales e incluso antropológicos. Porque toca a la antropología la concepción del hombre, y lo que está en trance de cambiar en Euskadi es la concepción del hombre al ser concebido no como miembro de una comunidad ideológica, sino como partícipe de una ciudadanía. Es lo que Egibar ha trasladado con su metáfora de los peces. Los ciudadanos serían los peces de la piscifactoría, mientras que los vascos ideológicos serían truchas montaraces con los colores del arco iris. Lo siento, pero es la hora de los peces alimentados en el remanso de la democracia. El que estemos en aguas mansas no significa que comamos pienso. Me consta que Egibar tiene gustos de fino gastrónomo, pero, quien más quien menos, todos somos gourmets en Euskadi y a todos nos gusta comer bien.
El que el debate se haya situado en la discusión entre pueblo y ciudadanía es el primer paso para la normalización del concierto identitario de los vascos. Ibarretxe se quejaba recientemente de que se está desmantelando la identidad de los vascos. Y tiene razón. Lo que el nuevo Gobierno pretende es que los vascos no estén cobijados bajo una sola identidad, sino que la plural identidad vasca conviva democráticamente en el seno de la ciudadanía común. No es, por tanto, cierto que la identidad vasca se esté diluyendo como un azucarillo, lo que ocurre es que la identidad nacionalista, que era la única que ilegítimamente gozaba del monopolio público, tiene ahora que compartir foro y plaza democrática con la identidad vasca no nacionalista. Porque es ahí donde el gran cambio político se ha operado: existen diversos modos de ser vasco y la política ha logrado dar carta de ciudadanía a otro modo de ser vasco que no es el nacionalista.
Porque tan vasco es Basagoiti como Egibar y tan vasco es Urkullu como el lehendakari López. Esto, que es una obviedad, no está, sin embargo, políticamente asumido por el nacionalismo; ahora es una evidencia palmaria en virtud de la democracia. La denostada política sirve, a veces, para que la realidad se imponga a la ficción ideológica y en las actuales circunstancias asistimos al triunfo de la realidad y de la razón democrática sobre el mito y la manipulación ideológica. Todos somos vascos, aunque nuestra identidad personal la vivamos de modo diverso. Es la ciudadanía lo que nos hermana y es lo banderizo lo que nos distancia. Afortunadamente la ciudadanía ha ganado la batalla a la insidiosa voluntad banderiza que el nacionalismo ha pretendido mantener.
Hace bien Egiguren cuando se anda todavía con cautelas para bautizar sus ansias de renovación ideológica pero, vasquista o no, lo importante es que el socialismo que lidera sepa amoldarse a la realidad que por fin se ha impuesto en la política vasca. La realidad democrática frente a la ficción nacionalista. El socialismo es hoy una referencia sincrética y moderna que posee la virtualidad de reformar nuestras sociedades. El socialismo vasco ha demostrado su capacidad para comenzar a cambiar la política vasca, el camino a seguir no puede ser otro que el de hacer valer la realidad sobre la ideología. La gran aportación del socialismo, lo que al nacionalismo le trae por la calle de la amargura, es la constatación de que existe otro modo de ser vasco. Se acabó el monopolio nacionalista de lo vasco
