Autor: JOSU MONTALBÁN | DIPUTADO DEL PSE-EE
Fuente: DEIA | TRIBUNA ABIERTA
Estados Unidos necesitaba a Obama. A Obama, una vez que se hubo enfrascado en la lucha por la Casa Blanca, le venía muy bien aquel EE.UU. imperial e imperativo que Bush había ido devaluando a base de involucrarle en guerras significativas pero nada razonables. Luego han llegado la victoria suya, que ya parece algo viejo, y la concesión del Premio Nobel de la Paz, que ha motivado un discurso sobre la Guerra -curiosa paradoja-, que exigen una disección y un análisis meticuloso.
Me permitiré dos primeras puntualizaciones. Sigo siendo un convencido partidario de las tesis (en su conjunto) defendidas por Obama, por lo que tienen de innovadoras, tras los dos mandatos del soberbio Bush, pero también por lo que aún conservan de frescura en medio de un mundo en el que la globalización económica amenaza con eclipsar cualquier tipo de globalización social o política. La segunda puntualización tiene que ver con la oportunidad y la idoneidad de la aceptación del Premio Nobel de la Paz por parte de Obama. Aunque es cierto que la concesión del premio fue interpretada como un acicate hacia el pacifismo, mucho más que como una recompensa por las acciones realizadas o las actitudes mostradas, la opinión pública ha podido encontrar en su discurso razones más que suficientes para la crítica, quizás para la alabanza, y seguro para las incertidumbres ante el futuro y la duda. Entremos en harina.
Yo no habría optado por un discurso como el que pronunció. Porque Paz es un concepto mucho más amplio y significativo que la ausencia de Guerra, o el mero estado que antecede o sucede a las guerras. Sin embargo, Obama se empeñó en justificar las guerras en que EE.UU. está interviniendo, incluso en convertirlas en irremediables frutos de un destino mal preservado o en obligaciones morales mal justificadas. Por eso enfatizó el concepto de "guerra justa" que, al parecer, es "la que se libra como último recurso o en defensa propia; si la fuerza utilizada es proporcional y, en la medida de lo posible, si no se somete a civiles a la violencia". Da la impresión de que las guerras que actualmente tienen lugar no son justas, porque para que lo fueran tal vez hubiera sido necesario fijar con meticulosidad un reglamento y un árbitro para cada una de ellas (pues nunca hay dos guerras iguales) que vigilase el cumplimiento de las reglas.
No está demostrado que EE.UU. esté guerreando "en defensa propia", máxime cuando lo está haciendo a tantísimos kilómetros como lo está haciendo en Irak o Afganistán por más que Obama lo intentara justificar en la alusión a quienes "han distorsionado y profanado la gran religión del Islam, y que atacaron a mi país desde Afganistán". En cuanto a las otras condiciones que enumeró Obama para la consideración de "guerra justa" son imposibles de valorar porque ¿quién hace el recuento de los soldados contendientes para valorar la proporción de las fuerzas en litigio? ¿Y el armamento utilizado por cada uno? Además, salvo que se habiliten campos de batalla, del mismo modo a como se hace con los campos de fútbol, los civiles siempre se verán afectados por la violencia. Más aún, ¿tiene algún sentido, u objetivo, una guerra de la que se excluyan totalmente los civiles? Yo soy de la opinión de que ninguna guerra tiene sentido y, por tanto, ninguna guerra puede considerarse justa.
Sobre la guerra se ha hablado, escrito y filosofado. También Obama inició su discurso con una afirmación contundente: "La guerra surgió con el primer hombre (...) No se cuestionaba su moralidad; simplemente era un hecho, como la sequía o la enfermedad, la manera en que las tribus y luego las civilizaciones buscaban el poder y resolvían sus discrepancias". Cabe puntualizar que cualquier guerra, por antigua que sea, requiere dos bandos y, por tanto, al menos dos hombres, dos personas, es decir que la guerra no nació con el primer hombre, en todo caso con los dos primeros hombres. Pero este recurso a la inevitabilidad de la guerra sólo puede responder a otra afirmación posterior en la que, de forma velada, admite la controversia provocada por su aceptación del Premio Nobel: "Soy Comandante en Jefe de un ejército de un país en medio de dos guerras".
El poder militar de EE.UU. trasciende a sus presidentes y a sus peculiares bloques políticos. Para EE.UU. "la guerra es la continuación de la política por otros medios", tal como proclamó Von Clausewitz. Como si se tratara de decisiones políticas, los sucesivos presidentes de EE.UU. han acudido a guerras que han tenido lugar en territorios muy alejados de su propia geografía siempre que mediaran otros intereses. Poco a poco, la Historia se ha ido llenando de episodios bélicos que EE.UU. ha impulsado e iniciado, arrastrando tras de sí a otros países a los que bien cabía aplicar la reflexión de Erasmo de Rotterdam para quien "la guerra es dulce para los inexpertos". Pero EE.UU. ha sido experta en hacer que cualquier guerra parezca dulce en sus inicios. El mismo Obama lo ha intentado con el recurso a la "guerra justa", que es un concepto cristiano que Tomás de Aquino estrenó en su Summa Theologiae para justificar la guerra de los cristianos contra los herejes y paganos.
Obama ha fundamentado su recurso a la "guerra justa" en afirmaciones tajantes, algunas de ellas genéricas y otras más concretas. "Que no quede la menor duda: la maldad sí existe en el mundo", pronunció Obama justamente después de cuestionar las actitudes pacíficas de Luther King y Gandhi y de cuestionar la frase que repitió varias veces en aquella misma tribuna Luther King. "La violencia nunca produce paz permanente. No resuelve los problemas sociales: simplemente crea problemas nuevos y más complicados".
La observación de Luther King ha ido cobrando solidez conforme el paso del tiempo y los avatares de la Historia han discurrido a su favor. Sin embargo, Luther King no fue nunca presidente de EE.UU. y Obama sí lo es. Su cargo le ha impuesto una importante responsabilidad como es la de defender (y que se note) a los estadounidenses, y fomentar su condición de poderosos, de omnipotentes y de omnipresentes. Con una ambigüedad calculada definió el carácter de las guerras, de cualquier guerra: "La guerra es a veces necesaria y la guerra es, de cierta manera, una expresión de desatino humano". Por tanto, la confluencia de ambas afirmaciones lleva a la conclusión de que un acto "necesario" puede llevarnos al "desatino" pero, ¿cómo hemos podido llegar a forjar necesidades que nos llevan a desatinarnos?
No escatimó Obama referencias al destino que las divinidades han depositado en EE.UU. Así lo han sentido todos los presidentes que han sido antes que él. Sus alusiones a las excelsas misiones encomendadas a sus soldados, a lo largo y ancho del mundo, incluso del universo, no fueron gratuitas aunque sí fueron excesivas: "El servicio y sacrificio de nuestros hombres y mujeres de uniforme han promovido la paz y prosperidad desde Alemania hasta Corea, y permitido que la democracia eche raíces en lugares como los países balcánicos". No pararon ahí las referencias a tiempos y a conflictos a los que EE.UU. ha acudido con sus arsenales militares, más aún, su promesa para el futuro fue ilimitada: "El compromiso de EE.UU. con la seguridad mundial nunca flaqueará". Aunque prometió asimismo que EE.UU. "debe seguir dando el ejemplo respecto a estándares en conducta de guerra". No evitó, pues, su condición de cancerbero mundial, de mesías protector de los países más amenazados por problemas de seguridad. Su anteposición del concepto más hermético de "seguridad" sobre el de "libertad" estuvo presente durante los más de 36 minutos que duró su perorata.
Obama es yanqui y como tal se expresa. Su predestinación no queda en el nivel local de su vasta nación. Piensa en la paz con mayor y más firmeza que sus antecesores, pero no es capaz de desprenderse al completo de sus vicios. No es extraño, aunque sus dudas van tan lejos que nos abren la puerta de la esperanza ante la configuración de un orden mundial nuevo. Fundamentándose en los conflictos en que toma parte ahora mismo EE.UU., desembocó en una cuestión esencial: "¿Qué tipo de paz buscamos? Pues la paz no es simplemente la ausencia de un conflicto visible. Solamente una paz justa y basada en los derechos inherentes y la dignidad de todas las personas realmente puede ser perdurable".
Tal fue el discurso del emperador Obama. Con un colofón laudatorio dirigido a sus soldados: "Hoy en algún lugar (...) un soldado ve que alguien lo sobrepasa en potencia de fuego pero permanece firme para mantener la paz. Hoy en algún lugar de este mundo, una joven manifestante aguarda la brutalidad de su gobierno, pero tiene la valentía de seguir marchando. Hoy, en algún lugar, una madre enfrenta una pobreza devastadora pero de todos modos se da tiempo para enseñarle a su hijo porque cree que un mundo cruel todavía puede dar cabida a los sueños. (...) Vivamos siguiendo su ejemplo. Podemos reconocer que la opresión siempre estará entre nosotros y aun así, esforzarnos por lograr la justicia: Podemos admitir la inflexibilidad de la depravación y esforzarnos por lograr la dignidad. (...) Podemos comprender que habrá guerras y, aún así, esforzarnos por lograr la paz. Podemos hacerlo, pues esa es la historia del progreso humano ; esa es la esperanza de todo el mundo, y en este momento de desafíos, ésa debe ser nuestra labor aquí en la Tierra".
No ha tenido el eco que debiera haber tenido este discurso del premio Nobel Obama. ¿Cómo valorarlo? ¿Frente a quién establecemos las debidas comparaciones con la realidad y las opiniones? No me cabe ninguna duda de que no fue el discurso de un mero premio Nobel, pero tampoco lo fue de un simple presidente de EE.UU. Ha de ser el futuro el que juzgue a este hombre llamado a modernizar EE.UU. por dentro y por fuera. Sin embargo, conserva frescura este discurso que se encadena con el pronunciado en la Puerta de Brandeburgo cuando aún no era presidente del país más poderoso del mundo.
Podemos aferrarnos al recurso de la esperanza y no permitir que desfallezca. Relata Eduardo Galeano que un viejo periodista uruguayo, del que aprendió cuando daba sus primeros pasos como periodista en el diario Marcha, le dijo: "Se pueden cometer todos los pecados, porque todos los pecados tienen redención, todos, excepto uno: no se puede pecar contra la esperanza". Una vez enfrentado plenamente a la realidad, Obama sigue siendo una esperanza, esto es lo esperanzador. Y debe seguir siendo, al menos, una esperanza en tanto la realidad no se apodere de él.
Me permito la licencia de dar un consejo, quizás una advertencia. El dibujante de humor El Roto, con gran sagacidad, recogía en una de sus últimas viñetas los trazos de un rostro sombrío que pontificaba: "Para vencer a los malvados hay que ser peor que ellos".

Socialistas Vascos / Euskal Socialistak