Autor: Josu Montalbán, Diputado del PSE-EE
Fuente: Deia
LAS dos y media de la tarde. En el Bar X, situado en uno de los centros más concurridos de Madrid, me tomo un aperitivo mientras leo el periódico del día. Otras personas, como yo, toman su aperitivo y conversan entre sí sobre los más diversos asuntos. Es la hora del descanso, de las chanzas, del chalaneo y de hablar de todo. Cierto que de casi todo lo que se habla se hace sin profundidad. La trascendencia de las conversaciones no es demasiada, pero es importante interpretar no sólo lo que se dice sino cómo se dice. Y escucho cómo uno de los conversadores dice a otro, que ha llegado demasiado pronto a la cita, que "trabaja menos que los políticos". Y por si fuera poco hay otro grupo de personas, que habla en voz muy baja, del que surge una frase archirrepetida, "los políticos son todos unos chorizos", para poner broche final a una charla sobre corrupciones y trampas administrativas.
¿Qué sería de nuestra sociedad si no pudiéramos recurrir a la conducta -"siempre imprudente, irresponsable e ilegal"- de los políticos para mitigar sus propias faltas? La verdad es que los políticos -no éste o aquél sino todos- se han convertido en el chivo expiatorio de esta sociedad acomplejada, que se sabe imperfecta en exceso y, lo que es peor aún, culpable de sus propias imperfecciones. Sin embargo, creo que la necesidad mostrada por los ciudadanos componentes de la sociedad de encontrar chivos expiatorios en la clase política obedece al hecho de que se sienten culpables por acción o por omisión de cuanto acontece. Me explico: la mayoría de los ciudadanos son capaces de aceptar, en privado, que serían capaces de hacer lo mismo que los políticos corruptos y no falta quien considera que quienes pudieran cometer corrupciones desde la política, si no son descubiertos, sólo están demostrando su inteligencia y destreza. Los consideran, por tanto, inteligentes y no malvados.
La imagen del patio de acusados del juicio que actualmente se viene celebrando sobre la trama de corrupción de Marbella no puede ser más esclarecedora. Allí se han reunido políticos, claro está, con funcionarios, empleados bancarios, especuladores diversos, constructores, arquitectos, abogados, etc... y, por si fuera poco, los papeles del sumario aluden a toda una famosísima tonadillera. Así de compleja es la corrupción que, para ser exitosa, requiere la colaboración directa de gentes de muy diferentes gremios. Ciertamente, resulta imprescindible la presencia de los políticos en lugares preeminentes de tales tramas, pero es igual de cierto que son personas nada vinculadas a la militancia política partidista las que prestan la imprescindible colaboración para consumar el acto corrupto. Por lo tanto, bien se puede afirmar que es del mismo seno de la sociedad de donde surgen los activistas de esta corrupción que vitupera la política y desacredita a los políticos.
Es evidente que la gran responsabilidad de que la acción política sea tan denostada ha de recaer en quienes se acercan a la política sin tener en cuenta que se trata de la "actividad humana que tiende a gobernar y a dirigir la acción del Estado en beneficio de la sociedad", es decir, de quienes racanean en el tiempo que dedican a la política a pesar de ocupar uno de sus espacios; y de quienes acuden al compromiso político priorizando su propio beneficio sobre el de toda la sociedad. Pero los sistemas de control que las instituciones públicas han articulado son suficientemente meticulosos como para atajar la gran mayoría de las corrupciones y corruptelas posibles. No obstante, cada vez que un cargo político ha decidido aprovecharse de su condición, ha extremado su agudeza y su sibilinidad rodeándose de cómplices ubicados en puestos preferentes de la administración, o apoyándose en estudios e informes elaborados por profesionales capaces de dejar a un lado sus conocimientos, su rigor y su decencia para ponerse al servicio de la corrupción y de sus súbditos.
Por ejemplo, a mediados de septiembre han recogido los diarios una noticia sobre una nueva trama urbanística en Madrid. El titular que encabezaba la noticia es esclarecedor de lo que pretendo decir: "El urbanista preferido del PP controla 33 empresas a través de testaferros" (Aquí poco importan las siglas porque este tipo de estructuras acompaña a todas las tramas corruptas, al margen de partidos). La noticia se completa con el dato de que dicho urbanista ha diseñado el desarrollo de más de 40 municipios de la Comunidad de Madrid, nada menos, y que usa las sociedades (las 33) para comprar terrenos y realizar promociones inmobiliarias en los pueblos. Es curioso que, además de en esos 40 municipios, también ha diseñado en localidades de otras seis provincias españolas, todos ellos mediante contratos decididos por dirigentes del mismo partido, el PP. Y se ha defendido el prolífico y honorable urbanista: "Tengo acciones en las empresas, pero jamás he utilizado información privilegiada... Todos los negocios los he realizado una vez que ya había sido aprobado el plan urbanístico de la localidad". ¿Cómo puede negar la información privilegiada quien diseñó el urbanismo de los municipios en que han invertido sus empresas? Más aún, porque las tramas urbanísticas siempre son impulsadas por personas muy voraces en sus ambiciones.
Resulta que los testaferros son "dueños ficticios" de sus empresas, dado que hay una notaría madrileña y dos londinenses donde consta que el dueño real es el urbanista promiscuo en planes urbanísticos, al que representa un abogado y un procurador en todos sus litigios. Y claro, ante las preguntas más o menos comprometidas del periodista, esgrime la coartada de que no sólo ha trabajado en (y para) ayuntamientos del PP sino también en ayuntamientos socialistas. ¿Qué más da? Parece que la corrupción de unos fundamenta y justifica la de los otros. Absurdo argumento que puede servir para librar un trance complicado, pero que no alcanza para probar inocencias. Bien, como se ve, son muchas las personas implicadas y de las más variadas condiciones y características, pero no serán razón suficiente para generalizar el descrédito a los demás compañeros de profesión o actividad. Nadie desprende de las actuaciones corruptas del urbanista que todos los arquitectos urbanistas son corruptos, ni concluirá que todos los testaferros son encubridores de corruptos, ni que todos los abogados y procuradores son capaces de mostrar complicidades perversas, ni que las notarías y sus notarios titulares, todas y todos, guardan informaciones conflictivas de organizaciones corruptas, con lo que ello supone.
Pues bien, mis acompañantes de aperitivo de aquella tarde no dudaban en generalizar calificativos como "vago", "mentiroso" o "corrupto" para todos los políticos, yo incluido, que escuchaba en silencio aquellos desatinos. Lo que ocurre es que nuestra sociedad es una amalgama de personas demasiado acomplejadas y poco dispuestas a comprometerse en la consecución de una humanidad mejor, aunque no cesen de criticar a quienes ostentan el poder que ellas desean alcanzar mediante otros instrumentos. No se trata de eximir a quienes nos dedicamos al noble ejercicio de la política de la responsabilidad que tenemos en su degradación, sino de subrayar que, desgraciadamente, el hedonismo del que nuestra sociedad se ha impregnado ha infectado a los políticos de superficialidad y, sobre todo, les ha hecho igualmente hedonistas y capaces de, irresponsablemente, abandonar las ideologías, los compromisos y los propósitos, para entregarse al placer, convirtiendo a la política en un mero instrumento para conseguir su bienestar exclusivo y no el de toda la sociedad.
Lejos de las generalizaciones, políticos y sociedad deben reconstruir sus vínculos para que la gente no pueda justificar sus inmundicias en la irresponsabilidad de los políticos dirigentes, y además para que los políticos nunca encuentren cómplices para sus perversidades en la calle.

Socialistas Vascos / Euskal Socialistak