Autor: Josu Montalbán, Diputado del PSE-EE
Fuente: Deia
PROLIFERAN las productoras que se dedican a hacer esos programas que responden a ese concepto de múltiples significados que es la telerrealidad, los famosos reality shows o docu-reality. Se les tacha de frívolos porque se trata realmente de espectáculos ligeros y, normalmente, cargados de sensualidad. Otros pretenden convertir a gentes normales y corrientes en héroes, superhombres y supermujeres capaces de desafiar a la naturaleza o superar todos los riesgos imaginables: aventuras que acontecen en el fin del mundo, viajes que se inician sin medios, equipaje ni destino concreto, relaciones afectivas o amorosas que parten de secretos y ardides que obligan a los concursantes a un esfuerzo grande y les introducen en prácticas de difícil comprensión e imposible explicación. Surgidos unos tras otros, han ido rizando el rizo, superándose en base al famoso share que mide las cotas de televidentes que conectan con ellos. En suma, que la cantidad (de mirones) prima sobre la calidad, porque el fin de aumentar el share se consigue ridiculizando o haciendo inverosímiles los medios. Para conseguir concursantes basta con ofrecer una suculenta cantidad de dinero para los triunfadores, además de la fama que puede suponer salir en la pantalla, que es un expositor preferente en todos los hogares.
La competencia lleva a explorar nuevos proyectos para los que no se escatiman medios aunque sí se escatimen valores y conceptos éticos y morales. Recientemente, se ha presentado un nuevo programa a los medios de comunicación en el que un ramillete de famosos ha sido mandado a la calle con un euro y un saco de dormir para que vivan como mendigos. Cáritas ha criticado la iniciativa y yo me sumo a sus críticas por lo que supone de mezquino aprovechar la terrible realidad de la pobreza y la exclusión social de los más miserables para hacer dinero. Como bien ha puntualizado Cáritas, esta iniciativa va a convertir en un espectáculo la terrible realidad de la exclusión social.
Ignoro de qué modo se pergeñan este tipo de programas pero, a la vista de los resultados de otros semejantes, no me caben dudas de que se concederá todo tipo de licencias a los guionistas y participantes para sublimar el producto final. ¿Han elaborado previamente un diagnóstico meticuloso sobre la exclusión social antes de elaborar el producto? ¿Han tenido en cuenta criterios rigurosos a la hora de elegir a los protagonistas? ¿Cuánto van a pagar a los mendigos y excluidos falsos? ¿Van a utilizarlos posteriormente para concienciar a los ciudadanos de que los excluidos no son peligrosos, necesariamente, para quienes vivimos holgadamente? Porque hace escasos meses la Asociación Bizitegi, que se dedica (con gran dedicación, vocación y éxito) al apoyo e inserción de personas en situación desfavorecida, ha intentado abrir un centro de acogida en el barrio bilbaíno de Txurdinaga que ha provocado tal rechazo en los vecinos que, por fin, ha obligado a renunciar al centro y al encomiable proyecto. ¿Estará dispuesto alguno de los participantes en el programa televisivo a explicar a los vecinos de Txurdinaga que están equivocados?
Por ejemplo, Blanca Fernández Ochoa que, aunque ha anunciado que no volvería a participar en el reality show porque "es muy sensible", también ha dicho que los sin techo son "gente encantadora que, por lo que sea, empieza a beber y se transforma... Conocía a una comunidad rumana que me dio de comer un plato caliente... Somos invisibles pero de pronto te encuentras con gente muy generosa y bondadosa". ¿Sería capaz de decir a quienes han protestado de forma despiadada por el centro de Bizitegi que los excluidos también son personas, tan dignas de respeto como las demás?
Leo en un blog un comentario al respecto del centro de Txurdinaga, que una persona (que creo del sexo femenino, aunque da igual de cuál sea) advierte de que tal centro acercará al barrio a "drogodependientes, inmigrantes y mendigos... que se quedarán los futuros usuarios del centro a echar una cabezadita o a pincharse en los patios y los parques, algunos de ellos ataviados con columpios... justamente muy cerca de un colegio público". Acepta la anónima firmante, después de preguntarse por las posibles valoraciones que se hayan hecho para elegir el lugar, que lo que mueve su colaboración en el blog es que "no le apetece nada verlos (a los pobres), ni que los vean sus hijos, ni que sus hijos encuentren jeringuillas, ni que vean gente durmiendo en los soportales", y todo esto "porque soy (dice ella) egoísta, incívica e insolidaria". Finaliza ¡cómo no! proponiendo la absurda y cobarde solución de que el centro se ubique al lado de la casa del alcalde. Pues bien, tal vez debieran desplegarse los actores improvisados de Antena 3 por los barrios, o los centros conflictivos de las ciudades, o los suburbios, para advertir que cualquier homeless puede ser un paparazzi audaz como Miguel Temprano, o un aristócrata bon vivant como Álvaro de Marichalar, o una campeona olímpica como Blanca Fernández Ochoa, o una guapísima ex miss España como Sofía Mazagatos, o un miembro aventajado de la jet set de Marbella como Yeyo Llagostera. En realidad, cualquier rico acomodado se puede hacer pasar por un pobre excluido con sólo ensuciar sus vestimentas, olvidarse de sus lociones y perfumes y abandonar su aseo temporal durante algunos días. Lo terrible es la gran dificultad que encuentran los más pobres y excluidos para hacerse pasar, siquiera temporalmente, por ricos acomodados.
Lo real, lo cierto, es que hay pobres que viven en las calles, duermen entre cartones, abrigados con mantas pesadas y humedecidas de tanto soportar la intemperie, comen lo que cae en sus manos ya sea procedente de manos caritativas o de los residuos tras aguardar la llegada de los camiones que recogen la basura. Lo cierto es que hay pobres que han decidido su exclusión voluntaria de la sociedad después de que ésta les despreciara sin ofrecerles nada a cambio de que ellos rectificaran sus conductas y por eso siguen drogándose despiadadamente, entregados a la espera de la muerte inevitable. Lo cierto es que hay pobres que, aunque quieran, no hallan trabajo alguno que les facilite vivir dignamente en una pobreza diferente, mucho menos cruel que la de la exclusión. Lo cierto es que la sociedad de los satisfechos no desea que los excluidos vivan en su seno, aunque contemplen absortas en sus televisores a esos impostores de la pobreza. Lo cierto es que esos simuladores de pobres que, como Saulo, han precisado de su farsante experiencia -como si hubiera sido una fortuita caída del caballo- para descubrir personas donde creían que sólo había detritos, no estarán dispuestos a evangelizar ni adoctrinar a los acomodados y volverán a sus casas, a los que consideran templos en esos hábitats de holgura y holganza.
Alguien debiera interferir en estos programas para que no mostraran una realidad trágica como si fuera un espectáculo, un mero teatro de calle, una diversión de feria destinada a entretener, incluso a quienes el día siguiente acuden diligentes a concentrarse contra centros de acogida destinados a homeless, aunque sean avalados por la experiencia y la vocación de los trabajadores y cooperantes de Bizitegi.

Socialistas Vascos / Euskal Socialistak