Autor: Josú Montalbán, Diputado socialista
Fuente: El Mundo
Va a ser muy difícil acabar con la corrupción que está afectando de forma tan brutal a la política y a la democracia españolas si no se toman varias medidas de forma urgente y drástica. Es cierto que son muchísimos más los políticos sanos que los corruptos, pero esta constatación no es suficiente, porque aunque una manzana sólo tenga una parte diminuta afectada por un gusano, es toda la manzana la dañada dada la rapidez con que se propaga el mal. Los partidos políticos nunca han reaccionado con contundencia ante los casos de corrupción aparecidos en sus filas.
La razón más importante de ello ha sido que la utilización de los episodios corruptos acontecidos en las filas contrarias se ha convertido en una de las bazas electorales más importantes para la captación de votos. Eso ha llevado a subrayar en exceso la presunción de inocencia de los denunciados, sin tomar ninguna medida precautoria hasta que el daño se ha convertido en una necrosis incurable. Los casos de corrupción, que ya afectan a prácticamente todos los partidos que detentan algún espacio de poder, se convierten en armas arrojadizas, en una especie de fuego cruzado que termina por afectar a la democracia, de tal modo que saca provecho electoral de esta lacra quien mejor administre sus ataques o sus defensas en los medios de comunicación.
En estos tiempos en que apenas cuentan las diferencias ideológicas, porque las ideologías permanecen adormecidas en los libros de Historia, en un sueño del que da la impresión que no quieren despertar, empiezan a ser fundamentales otros factores a la hora de definir los votos. La imagen, las formas de comunicación pública y la gestión son hoy las variantes más valoradas por los votantes, sobre todo por las nuevas generaciones que no sintieron el regocijo de superar la dictadura franquista y construir la nueva sociedad. Es cierto que la Transición aconteció en un clima de profunda politización de la vida pública, y que lo más perseguido por todos fue apuntalar los nuevos tiempos para que la estrenada democracia perdurase. La Transición puso a la mayoría de acuerdo en la consecución y el mantenimiento de esa democracia, pero no tanto en su perfeccionamiento para que fuera de la máxima calidad. Tres décadas después del fin de la dictadura, nuestro sistema democrático aún no ha resuelto su escollo más básico, que es la financiación de los partidos políticos en que se sustenta.
Esta laguna tan básica, que no debe servir como atenuante ante los numerosos casos de corrupción, favoreció principalmente a las derechas durante los primeros años, porque ya estaban sustentadas en estructuras económicas bien instaladas en el entramado social. Pero una vez que han accedido a los diferentes poderes fuerzas de izquierdas, nacionalistas y regionalistas, comienza a ser una laguna en todas las opciones. Ya no basta con afrontar seriamente la financiación de los partidos, sino que los propios partidos deberán perfeccionar sus estructuras para que sus militantes dejen de ser meros números de un listado de afiliación o simples agregados cuya única misión es pagar las cuotas con que se mantienen las elites del poder. Las elecciones de esas elites en congresos multitudinarios retransmitidos a bombo y platillo, mediante procedimientos que cosechan resultados excepcionales de adhesión, a la búlgara, son interpretados por la cúpula como el resultado de la unidad interna y la cohesión, que se traducen en fortaleza externa, pero no es tal. Probablemente las mismas elites dirigentes saben que tales actitudes y resultados esconden grandes dosis de esterilidad de ideas, miedo a expresarlas y apatía para romper los vicios y ataduras en que se sustentan.
La corrupción también ancla sus perversos fundamentos en estas estructuras tan anquilosadas como inservibles. Resulta sorprendente que lo que llegue a los medios de comunicación, y por tanto a los ciudadanos normales y corrientes que viven sus vidas atribulados por el día a día, sean redes de corrupción en lugar de personas corruptas de forma aislada. ¿Cuánto tiempo es necesario para que se cree una red de 10 o 12 personas, o instituciones, corrompidas? ¿De qué modo se mantienen los secretos hasta la configuración de la red? ¿Acaso es fácil disimular actitudes y acciones ilegales y fraudulentas como las del caso Gürtel, las tramas marbellíes, la red catalana de hospitales o la del ex presidente balear y ex ministro Jaume Matas, por poner algunos ejemplos? Estoy convencido de que más de un militante de base de los partidos afectados ha tenido serias sospechas (lo que popularmente se conoce como «tener la mosca detrás de la oreja») pero no ha encontrado ni momento, ni lugar, ni forma de comunicarlo a las elites dirigentes para prevenirlo.
Una de las cualidades más importantes de los militantes de base es la de ser confiados: confían en quienes representan y dirigen a su partido y les hacen depositarios de sus destinos y de su credibilidad; sin embargo, debieran los dirigentes facilitarles que no sólo confíen sino que tengan una confianza firme y bien fundamentada en ellos.
La democratización interna de los partidos es, a falta de la ley que regule su financiación, un instrumento básico de lucha contra la corrupción. Quienes representan a un partido en una institución no sólo deben sentir a los militantes de base (o de más o menos altura) como útiles agentes electorales hasta el día de las elecciones, sino que han de escuchar sus reflexiones y debatirlas, además de sentirse deudores de su confianza y, por ello, vigilados por ellos. La gestión de la cosa pública no puede discurrir a espaldas de quienes la sufren que, aunque son todos los ciudadanos, lo son más quienes se han responsabilizado con el compromiso social y político de su afiliación, y no sólo con su voto.
Dicho lo anterior, urge sentar las bases para que la lucha contra la corrupción sea asumida como una cuestión de Estado. Como tal, sería bueno que la lucha política partidista recuperase el debate de las ideas y abandonase ese otro embrollo en que está metida, para que los foros de representación y discusión dejen de ser como mercados de abastos o patios de monipodio. No es exagerado afirmar que si en la Transición la consecución de más o menos democracia tenía cierto carácter cuantitativo, hoy 30 años después el mantenimiento de esa democracia tiene más que ver con lo cualitativo. No debemos dejar que nadie llegue a pensar que la corrupción es consustancial, o encuentra más facilidades en un sistema democrático. Hay populistas y fascistas, en estado larvado, que estarían dispuestos a ello.

Socialistas Vascos / Euskal Socialistak