El pasado domingo, 4 de marzo, iba yo en mi coche a un acto de recuerdo y homenaje a Isaías Carrasco, el que fuera concejal socialista asesinado por uno de esos matones hace cuatro años. Iba al homenaje porque me parece que Isaías Carrasco es la expresión más patente de nuestra reciente historia: un currela, un trabajador, socialista, hijo de la inmigración, integrado en una población económicamente muy potente, uno de los principales polos de innovación en la industria, en la investigación y en la tecnología aplicada, así como en el desarrollo de los movimientos cooperativos.
Ahí vivió Isaías, un hombre que entró en política por convicción, por demostrar que era libre para proclamar y exigir sus derechos, para representar a los trabajadores, a la ciudadanía, al pueblo vasco en su conjunto. Algo tan normal, y por otra parte, tan valiente en Euskadi. Mantener el recuerdo de todos los Isaías es decisivo para que la reciente historia vasca no la escriban los que le mataron, los que quisieron anular la política, la participación, y eliminar a los adversarios. Porque lo importante en la etapa post-ETA, es el relato, la interpretación de su significado para Euskadi. La memoria de los asesinados y del resto de víctimas impedirá que nos vendan la última etapa de nuestra reciente historia como un 'conflicto' entre dos partes enfrentadas, en el que ha habido víctimas y verdugos en todos los bandos. No lo admitiremos. No permitiremos que los 857 asesinados por ETA sean considerados como consecuencias desgraciadas de un enfrentamiento político, inevitables víctimas colaterales.
Gente como Isaías, su recuerdo, impedirá ese relato. Su memoria nos permitirá no olvidar que los hoy demócratas batasuneros, se callaron ante su asesinato, taparon su cobardía con su silencio, e incluso ensalzaron a sus asesinos en aquel «muro de la vergüenza» en la plaza mayor de Arrasate-Mondragón. Fui, pues, al homenaje, por coherencia conmigo mismo.
También por saludar a su familia, en particular a su hija Sandra, ejemplo de valentía y dignidad en medio de su desamparo.
Arrasate-Mondragón ha desarrollado sus calles y barrios a impulsos de sus necesidades industriales y tecnológicas. Hoy es un dédalo, un laberinto urbano. Por ello paré a preguntar a los escasos ciudadanos que callejeaban en ese lluvioso domingo, la dirección a la que me dirigía, calle Navas de Tolosa. Las dos primeras personas a las que pregunté, en euskera, por el camino para llegar a dicha calle, me contestaron amablemente, rotonda por aquí, giro por allá, diciendo que desconocían exactamente donde estaba la calle. Al precisarles yo, para facilitar sus indicaciones, que era la calle donde asesinaron hace 4 anos a Isaías Carrasco, en ambos casos la reacción fue la misma, silencio, mirada baja, musitando «ez dakit», «no lo sé». La tercera persona me respondió que no hablaba euskera, y al precisarle de nuevo el motivo de mi visita, el nerviosismo le hizo tartamudear, no fue capaz de completar su información. La cuarta persona, en euskera, me dijo: «Ah, zu Lertxundi zara, ezta?» y me indicó la dirección más correcta para llegar a mi objetivo.
El miedo se generaliza en Mondragón. Arrasate no es, todavía, un pueblo libre. El barrio de San Andrés, barriada obrera de los años 50-60, pequeñas y humildes viviendas de trabajadores, asistió al homenaje a uno de los suyos tras las ventanas cerradas y las persianas bajadas. Cuando Sandra Carrasco terminó sus breves palabras, solo los concentrados allí, en el punto donde murió a balazos su querido aita, aplaudimos con fuerza.
El miedo, si perdura, será el triunfo de ETA. ETA, que ha perdido todas las batallas militares y apolíticas, que sólo ha servido para llenar cárceles y cementerios, únicamente puede ganar si el miedo se extiende en la ciudadanía. Es tremendo, pero es así: les hemos obligado a enterrar las pistolas, ahora hay que enterrar las, mordazas en las bocas, las vendas en los ojos, los tapones en los oídos... porque nuestro miedo es el único recurso que les queda. En ese campo, los políticos de la izquierda abertzale tienen muchos muchos pasos que dar hasta que lleguen a valorar la existencia de ETA como la mayor tragedia de nuestra reciente historia, el periodo más negro de nuestra intrahistoria.
Que se dejen de «conflictos», de «ni vencedores ni vencidos», de «transición inacabada», de «km. 0», etc. Bienvenidos a la democracia, pero con la humildad de los recién llegados, y quizá de esa manera, algún día lleguen a considerar a Isaías Carrasco, como un ciudadano ejemplo de lucha por la libertad, de uno de tantos que no aceptó el chantaje del miedo, al que todavía tanta gente, demasiada, se somete.





