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Opinión y Temas

¿Ganará el PP en 2012?

21/03/2011

El pasado no gana las elecciones. Puede hacerlas perder, pero lo que gana el voto motivado es el futuro. La mayoría la conseguirá quien sea capaz de ofrecer un futuro creíble

Autor: Roberto Lertxundi, Senador del PSE-EE

Fuente: El CorreoEl Correo

Acertarán por fin las encuestas realizadas a un año vista? Hay esa sensación, y lo cierto es que la izquierda española, incluso todo ese amplio abanico social de centroizquierda que ha apoyado estos siete años los proyectos socialdemócratas de Rodríguez Zapatero, se encuentra desarmada y con frecuencia perpleja ante muchas de las decisiones (sobre todo, las económicas) adoptadas por el Gobierno socialista.

Como señala Josep Ramoneda en un artículo publicado recientemente «el contexto -para la izquierda- está en el peor momento posible: la crisis económica se está convirtiendo en crisis social, con empobrecimiento de los españoles, debido tanto a los recortes salariales como a las importantes subidas de los precios regulados, y con el final de la prestación del subsidio de paro para los que llevan más de dos años sin trabajo».

La opinión pública está dominada por el pesimismo y en muchas ocasiones manifiesta su desconfianza en el Gobierno, tal como recogen periódicamente las encuestas y sondeos que se van publicando. Estos estudios de opinión, curiosamente, van anunciando el posible triunfo electoral del PP, no tanto por los méritos contraídos, cuanto por la sensación de hartazgo respecto a las dificultades del Gobierno para obtener respuestas eficaces al deterioro de la situación socioeconómica.

Mariano Rajoy prefiere esperar. Esperar en silencio, callado, sin exponerse a propuestas que puedan resultar equivocadas. Prefiere esperar a que la fruta caiga de madura. Está aplicando ese principio tan conocido en la política de bajo nivel: «Más vale estar quieto y callado, que hacer algo y equivocarme». Lo que ocurre es que esa plácida espera a ver pasar el cadáver del adversario no se la permiten los poderes fácticos de su ámbito: la Iglesia católica, la derecha mediática, la FAES de Aznar, y las tramas corruptas que entrecruzan el PP. Le exigen declaraciones y compromisos sobre cambios legislativos, limitativos de derechos, orientados a desmontar el Estado de bienestar y a la relectura del Estado de las autonomías, abriendo debates sobre el futuro que Mariano Rajoy no quiere, siquiera, plantearse.

Crisis económica, crisis social y política, crisis ideológica, son muchas tareas para un partido que gobierna. Se generaliza un clima de temor al futuro. Interesadamente propagado por los mensajeros del miedo, que ocultan que la crisis económica ha tocado fondo y que ha sido posible llegar ahí con una cobertura social del 87% de la población en paro. Son mensajes que pretenden reducir a la impotencia a la población para que acepte resignada y pacientemente la pronosticada victoria del PP que anticipan los sondeos. Que se acepte desde el campo de la izquierda, con fatalismo y de manera acrítica, y sin tener en cuenta que el recalcitrante silencio sobre las medidas que adoptarían desde el Gobierno los populares para combatir la crisis augura la persistencia de una política entendida como simple lucha por el poder. Con la suerte del país en sus manos, el PP no podría escudarse en la inacción, a la espera de signos positivos en la situación económica mundial, ni tampoco aplicar recetas ideológicas, que son las únicas desveladas hasta ahora por sus principales dirigentes y portavoces.

El asunto es: ¿la economía marca el voto?

Si miramos la historia de estos 34 años de democracia en nuestro país, la respuesta es rotundamente NO. No lo fue en las primeras elecciones de 1977, que nos sacaron del túnel del tiempo. Tampoco en el 79: con una economía a rastras por el suelo, volvió a ganar UCD, con un muy buen resultado.

Y si la derecha en España perdió estrepitosamente ante Felipe González, no lo fue por el aumento del paro o los vaivenes económicos, sino por el fin de un ciclo marcado por la descomposición de la derecha y el intento de golpe de Estado de 1981. El largo período de gobiernos socialistas hasta 1996 no fue electoralmente marcado por la situación económica. Recuerden ustedes cómo en el 93, un PSOE desgastado y desgajado internamente, ganó a un PP que aparecía como alternativa emergente: contra todo pronóstico el PP tuvo que esperar otros cuatro años. ¿Y en marzo de 2004? Zapatero rompió todos los pronósticos, no fue de nuevo la situación económica (en claro ciclo de crecimiento expansivo) la determinante del voto.

En estos próximos doce meses, hasta marzo de 2012, como escribe en un lúcido informe Antonio Kindelán, lo que más importa es el futuro. Lo bueno o malo realizado está ya amortizado, la crisis y sus efectos dentro de un año no serán los determinantes, sino la percepción que tenga la ciudadanía de lo que se les ofrece como perspectiva para los años inmediatos. El pasado no gana las elecciones. Puede hacerlas perder, pero lo que gana el voto motivado es el futuro.

Hay tiempo para recuperar energía para el futuro cercano, para recomponer en todos los ámbitos el maltrecho consenso social y asentar una nueva confianza que surja desde las propias estructuras de nuestra sociedad.
La mayoría electoral la deciden unos pocos cientos de miles de votantes. Todos los demás tienen su voto habitualmente establecido, tanto sea 'a favor de' como 'en contra de'. Por eso la mayoría la conseguirá quien sea capaz de ofrecer un futuro creíble. Que genere la necesaria confianza en una nueva expectativa para resolver las consecuencias de la crisis con un reparto justo de los esfuerzos.

Como dicen los futboleros, a pesar de las encuestas 'todavía hay partido'.

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