Autor: Josu Montalbán
Fuente: El Siglo
A modo de Prólogo
Frente a quienes creyeron que solo era ETA la causante y determinante de los males de la sociedad vasca es bueno repasar los pasajes y anécdotas acontecidos en el corazón de esta sociedad en la que abertzalismo y nacionalismo, -siempre a la greña, aunque siempre dispuestos a reconciliaciones-, han sido tan decisivos como el patrioterismo español, hoy casi finiquitado, derivado de los amargos años del franquismo.
El miedo y la precaución
Son dos características que han definido los comportamientos de los vascos desde la llegada de la Democracia. Cuando en los últimos años de la década de los 70 acudía a los entierros de las víctimas de ETA, que solían tener lugar en la Iglesia de la Plaza de San José de Bilbao, para facilitar el acto solemne del traslado del féretro desde el próximo Gobierno Civil, yo sentía miedo. Lo provocaba, en principio, aquella solemnidad siempre excesiva de los soldados, policías o guardias civiles que desfilaban custodiando al féretro, cubierto por una bandera de España, a los sones de cornetas y bandas militares. La parafernalia solo transmitía un profundo respeto, pero la pléyade de civiles que esperaban a la puerta de la Iglesia infundía miedo: algún ataviado con camisa azul y correaje falangista, mujeres que arriesgaban sus abrigos de visón clavando en sus solapas escudos de España preconstitucionales, banderas españolas con águilas bordadas, jóvenes barbilampiños que erguían su brazo en alto con la mano extendida, gritos de venganza cuyo colofón era un violento “¡viva franco!”. Daba, ciertamente, miedo.
Lo daba también acudir a los actos de homenaje a etarras detenidos o los entierros de los terroristas muertos, fuera por lo que fuera, quizás en enfrentamientos con la policía, o víctimas del Batallón Vasco Español o del GAL, o simplemente víctimas de la bomba estallada a destiempo en sus propias manos mientras la manipulaban. Daba miedo ver pasar a las hordas vociferantes, cada mano con una ikurriña o con una bandera negra con anagramas tétricos. El miedo estaba presente también en aquellas concentraciones de “vascos”.
Y es verdad que el primero de los miedos aludidos terminó mucho antes que el segundo, que ha durado hasta hace un par de meses aunque a algunos, -los más medrosos e interesados-, aún les aflija.
Pero también ha existido esa otra característica que también constituye un obstáculo para la libertad cuando se muestra en exceso: la precaución. El nacionalismo democrático nos impuso una prudencia excesiva que, por defecto, se delimitaba difícilmente del miedo. Los primeros Gobiernos Vascos de mayoría absoluta nacionalista, impulsados por dirigentes de carácter extralimitado como fuera Arzallus, sentaron las bases de una sociedad en la que volvía a estar mal visto ser “maketo” (de fuera), en la que el euskera debía ser impuesto como seña de identidad, -y no solo favorecido-, porque aquel nacionalismo nunca fue administrado como un instrumento para la construcción democrática sino como un certificador de autenticidades de raza y pertenencia.
En el año 86 el escritor vasco Guerra Garrido escribía desde San Sebastián una frase lapidaria: “Escribo desde el lugar en que se asienta el miedo”. Él lo sentía todos los días en su cosmopolita ciudad en la que el “glamour” de los actores y actrices que acudían a su Festival de Cine, uno de los más importantes del Mundo, se sorprendían al ver a los muchachos que apedreaban a los policía mientras las palomas del Boulevard de Donostia revoloteaban. Hasta tal punto era verdad aquello que el periódico EL PAIS de aquel momento llegó a decir que “en el País Vasco hay tanto miedo que, hasta para reconocer que se tiene hace falta valor”. De hecho, la aportación de El País coincidía con una noticia en torno a la imposibilidad de llegar a constituir Jurados cuando se trataba de juzgar temas relacionados con la violencia.
Pero el miedo y esa precaución tan excesiva no han sido solo la consecuencia de que ETA existiese. Nadie puede negar la condición democrática del PNV frente a ETA, máxime desde que en su propio seno se produjo la ruptura con quienes propugnaron la lucha armada a primeros de la década de los 60. En uno de los primeros programas electorales del PNV al llegar al Democracia hizo constar: “La violencia conculca los Derechos Humanos más elementales cuales son la vida y la integridad física de las personas y atenta directamente contra la libertad y el ejercicio de la democracia”. Eso sí, pero algunos slogans de Arzallus incitaban a sentir al menos el recelo al decir que se podía ser vasco y español, o decir que eras vasco pero ni abertzale ni nacionalista. Son legendarias algunas de sus frases como “temo más a Madrid que a ETA”, o “estamos como Cristo, entre dos ladrones”, refiriéndose al Estado y a ETA. Lo cierto es que aquella preeminencia del PNV fue negativa para sentar las bases de la convivencia y constituyó un alimento gratuito para aquella ETA que iba perdiendo todo su componente ideológico (si es que lo tenía), sustituyéndolo por el bagaje propio de las organizaciones mafiosas.
Era el tiempo del PNV, cuando se produjo la escisión que dio lugar a la creación de EA, lo que motivó un intercambio de reflexiones públicas de profundo calado en torno al papel didáctico que debería haber ejercido. Su Senador Mitxel Unzueta se atrevió a decir: “El PNV ha obtenido importantes logros pero ha fracasado en al menos dos terrenos: el de la integración cultural de la plural y heterogénea sociedad vasca contemporánea; y el de su papel como educador colectivo”. Pero fue aún más contundente: “Tras 40 años de dictadura los partidos políticos democráticos estaban moralmente obligados a utilizar su influencia y crédito ante la población para tratar de sustituir por valoraciones y argumentos racionales los mitos y prejuicios sedimentados, por efecto del carácter cerrado de la sociedad franquista, en la conciencia colectiva. El PNV ha renunciado a esa función pedagógica. Seguramente también los demás partidos políticos, pero no todos en la misma proporción. Además, la responsabilidad del PNV es mayor porque mayores eran las posibilidades con que contaba…Arzallus puede ironizar, y no le faltan motivos para ello, sobre el ridículo de los jóvenes vascos que en la década de los 60 trataban de conciliar los contrarios desde grupúsculos izquierdistas. Pero difícilmente podrá negar la influencia, no menos nefasta, que en la situación de Euskadi ha ejercido la demagogia nacionalista en torno a cuestiones como la Constitución, el Estatuto o la negociación política con ETA, por citar tres ejemplos reveladores”.
La crisis del PNV a mediados de los ochenta produjo un debate importante. En Septiembre del 87 el Lehendakari Ardanza se propuso un camino diferente que pusiera fin a la estrategia de reivindicación constante ante el Gobierno Central, lo cual fue comentado en un Editorial del CORREO, periódico más vendido en la Comunidad Autónoma: “La negativa de Ardanza a dar por válida la supuesta identidad o comunidad de fines entre el nacionalismo democrático y el terrorismo de ETA es una declaración novedosísima que presenta algunas incógnitas. Fundamentalmente una: saber cuál es el alcance real de esa afirmación en la práctica política de su partido, el PNV, y su traducción en las actitudes generales del nacionalismo frente al fenómeno terrorista. Sería conveniente conocer si la declaración de Ardanza implica algún tipo de renuncia a la consecución de la independencia política del País Vasco”. Las dudas no eran infundadas porque Arzallus respondía repitiendo sus palabras del 77 en la revista Garaia: “El PNV se define como un partido demócrata cristiano, pero lo que el PNV es, en primer lugar y ante todo, es un partido nacionalista”.
Pues bien, el tiempo ha seguido su curso y el pueblo vasco se ha visto continuamente involucrado en polémicas bien diversas, pero siempre inducidas por el terrorismo etarra, la violencia abertzale y esa ambigüedad nacionalista que siempre ha aborrecido la violencia pero siempre ha mirado con excesivos miramientos a los violentos, sin duda influidos por la clara adscripción nacionalista de muchos de los ascendientes.
El nuevo tiempo
Cuando ETA ha anunciado como definitivo que no va a atentar nunca más, la sociedad vasca es muy diferente a aquella. Ahora llora a más de ochocientos asesinados (y también debe sentir el dolor por cuantos han muerto víctimas de los que muy bien pudieran llamarse “efectos colaterales”, igualmente graves). Ya no tiene porqué haber miedo, pero en modo alguno ha sido superado el exceso de precaución y el abuso de la prudencia. Como se dijo con excesiva ligereza que en ausencia de violencia todo puede ser aceptado, son demasiados los que se han mostrado propensos a reivindicar lo inaceptable, no ya desde el punto de vista formal, pero sí desde el legal, el ético o el moral. Son varios los factores que identifican a la sociedad vasca, más allá de su propia demografía, que responde a su misma Historia. Sí, todo está permitido en ausencia de violencia, pero llama la atención el afán redentor que apenas tiene en cuenta que los redimidos aún no se han confesado debidamente, es decir, cumpliendo los pasos prescritos: examen de conciencia, dolor de las faltas, propósito de enmienda, relación de las faltas y delitos, y cumplimiento del castigo justo y ajustado.
El terrorismo de ETA no solo ha dejado etarras en las cárceles, sobre todo ha dejado huérfanos y heridas de difícil cicatrización. Ha dejado asociaciones de víctimas que deben desembarazarse de algunas ataduras, -cierto que con gran esfuerzo-, que les amarran a impulsos de impiedad y de venganza. Y eso será mucho más alcanzable si ceden el amor propio y la soberbia de los agresores auspiciando el acercamiento hacia las víctimas. En suma, los presos deben mostrar algunas dosis de arrepentimiento; sus familiares deben cubrir con generosidad sus carencias; y las víctimas deben, en la medida de sus posibilidades, cooperar para que el futuro ni olvide ni se obsesione.
Sin embargo la sociedad vasca aún siente excesivas dosis de prudencia cuando se expresa: la paz parece garantizada pero la libertad no. Nacionalismo y abertzalismo quieren echar tierra sobre esta masa humana, la vasca, que siendo tan plural en sus procedencias, muestra tantas contradicciones. ¿Cómo se ha configurado la sociedad vasca? Sirve para explicarlo esta vivencia de mi más tierna juventud que revela hasta qué punto nuestra sociedad debe ser cuidada y respetada: “Al lado de mi casa (caserío) edificaron una viviendas humildes a dónde vino a vivir un andaluz con su nutrida familia. Gran trabajador que después de salir de la fábrica iba en su bicicleta a cavar las huertas. La llamaban más veces el “andaluz” que Juan, que era su verdadero nombre. Pasado el tiempo alguno de sus nietos ha llegado a dirigir EGI, la Organización juvenil del PNV”.
De este modo se ha ido haciendo el País Vasco, de modo que bastante más de la mitad de los vascos son nacidos en otros lugares de España, o bien sus hijos o sus nietos. Por eso el afán soberanista que proclaman quienes se mostraron dispuestos hasta hace bien poco a conseguir la “independentzia” con las armas, no está fundamentado ni en la evolución de la Historia, ni en la Ética, ni en la más simple racionalidad. El ya Diputado, español y abertzale, Iñaki Antigüedad ha dicho que “no será posible que en cuatro años haya una disposición a cambiar la Constitución diciendo que España es un Estado multinacional y que se acatará lo que cada ámbito territorial decida,…somos conscientes de las limitaciones del sistema”. Y ha dicho en la misma entrevista que las Elecciones Generales son las que menos interesan a los soberanistas. Sin embargo, desde su escaño podrá influir en decisiones que mejoren las vidas de los familiares de su madre que procede, según creo, de Extremadura. ¿No es eso interesante para él teniendo en cuenta que se declara de izquierdas? ¿En qué medida influye su abertzalismo en su insolidaridad?
La sociología vasca es diversa. Las plazas de Euskadi, a media mañana, muestran un rico mosaico de aspectos, de músicas, de colores y de idiomas, con sus respectivos dejes. Puede que el nacionalismo quisiera combatir esa diversidad por lo que suponía de invasión frente a los caracteres inalienables de la raza y sus costumbres, pero ya solo cabe reconstruir nuestra sociedad vasca y hacerla “independiente” de quienes quisieron independizarla a fuego y sangre. La prudencia debe guiarnos a no volver a cometer los mismos errores, es decir, a no enarbolar los mismos pendones que alimentaron las discordias, y a no dar crédito a los mismos pendejos que, basados en el miedo y la precaución mal entendida, nos llevaron a su propia entelequia, a todas luces errada.

Socialistas Vascos / Euskal Socialistak