Autor: Roberto Lertxundi. Senador por Euskadi
Fuente: El Correo
El Gobierno vasco socialista, con la colaboración del PP y la comprensión de la más amplia mayoría del país, se ha propuesto una política de 'tolerancia cero' con el contexto terrorista, convencidos de que 'terrorismo sin entorno' no es nada, es perfectamente digerible por una sociedad democrática consolidada como la nuestra.
La grapización etarra es un objetivo estratégico, siguiendo el camino que se recorrió en su día con la Brigatte Rose, el grupo Baader-Meinhof o los iluminados de Sendero Luminoso. Esa es la alternativa que le queda a ETA, incapaz de haber abierto la otra vía, la del Ira-Sinn Fein, demostración de su miedo a la política, a someterse al juego democrático, a ser juzgada, votada o rechazada por la ciudadanía.
En esa vía la reducción del entorno es decisiva para el aislamiento etarra, cortando el apoyo, suministro y acceso de nuevos jóvenes.
Esto, en mi opinión, resulta tan importante como la eficacia policial. Constituye la vía política, la acción de los políticos rompiendo así el falso dilema entre acción política y policial. La deslegitimación de los matones etarras, su reducción a delincuentes con pistola requiere una acción política sostenida, una actuación didáctica, educativa, basada en un amplio consenso y sostenida con firmeza, sin pasos atrás.
En este sentido, el tema de 'la calle' resulta decisivo. Desde aquella provocadora actitud de los años 70 del todavía hoy político en activo (¡qué vergüenza!) Manuel Fraga, que quería la calle como propiedad privada del Ministerio de Gobernación («la calle es mía»), se pasó en las décadas posteriores a la cesión, de hecho, de espacios públicos a los etarras y sus colegas en muchos de nuestros pueblos y ciudades.
La neutralización de la calle, los espacios públicos como lugares de encuentro de toda la población, resulta básica en esa línea de deslegitimación social de los etarras. Que ninguna pared, ninguna farola, ningún elemento del mobiliario urbano facilite la glorificación de esta gente. No es una cuestión de cantidad («hay más fotos que nunca», Egibar dixit con cierto absurdo regocijo), sino de calidad, es algo esencial. El objetivo es evidente: restar apoyos, cortar las vías de acceso, disminuir la liturgia etarra, y de paso reconfortar a las víctimas y a toda la gente decente.
Que los etarras pasen de ser considerados unos héroes, con 'territorios ocupados', a lo que en realidad son: unos matones, unos chulos en muchos casos descerebrados, con una ideología simplista y trasnochada, basada en un argumentario que no resiste cinco minutos de discusión. Con auténtico pánico a someterse al juicio democrático, a la opinión de la ciudadanía. Su temor al pueblo es insuperable, la política les aterra.
La reducción del entorno, el esfuerzo educativo, la exposición y análisis de la trayectoria etarra de estos 50 años requiere simultáneamente una capacidad de recuperación para la política, para la acción democrática, de muchas de las personas, corrientes o grupos que en su día formaron parte del planeta-ETA. Los fenómenos como Euskadiko Ezkerra en su época, o la potenciación actual de Aralar, son en mi opinión ejemplos valiosos, son el camino a seguir y constituyen, de hecho, las principales líneas de reducción de la influencia social etarra.
Disminuir el entorno, cortar los cordones umbilicales, requiere, además de firmeza y paciencia, mucha finura. Separar siempre el trigo de la paja, no repetir equivocaciones del pasado y en particular no olvidar hasta qué punto la política en tiempos de Aznar de identificación de nacionalismo y terrorismo fortaleció el mundillo etarra.
La política de 'trazo grueso' (todos son iguales...) en esta materia debe desterrarse. No por tener amigos, familiares, o gente cercana que haya sido etarra, tal o cual persona debe ser tildada como parte de su ámbito. Esto, que ha ocurrido, por ejemplo, con la txupinera bilbaina, puede ser un error de bulto. El parentesco no significa, sin más, lazos orgánicos. Apañados estaríamos en Euskadi donde rara es la familia o cuadrilla de amigos en la que no haya habido un miembro de la organización, incluida la del que esto suscribe.
La historia reciente de Euskadi, desde el antifranquismo hasta la actualidad, ha estado entreverada de una presencia etarra transversal, un poco por todas partes. Aceptar esto y razonarlo resulta decisivo para abordar el proceso de su marginación. Romper su fuerza significa entrar en su entramado social, en su red de complicidades. Nada ha hecho tanto daño a ETA como en su día los polimilis, o los citados EE y Aralar.
Aislar, separar, reducir, marginar, significa recuperar entorno, ir ganando terreno en el amplio entramado que ellos siempre han considerado impermeable a las ideas democráticas.
La batalla está claramente planteada por la consejería de Interior del Gobierno Vasco, y se merece el más amplio respaldo popular. Es una estrategia muy clara, que la puede entender todo el mundo y que, aplicada con inteligencia (mano firme y guante de seda) puede alcanzar sus objetivos en plazos más cortos de los antes nunca imaginados.

Socialistas Vascos / Euskal Socialistak