Autor: Josu Montalbán, Diputado socialista
Fuente: Deia
HAY un hombre en el mundo que ha ganado durante el último año 1,5 millones de euros a la hora. Es decir, 9.000 millones de pesetas, que es la unidad monetaria que aún utilizan los más humildes y pobres de España. La información procede de la revista Forbes, que fue fundada en 1917 en algún lugar de la Quinta Avenida de Nueva York. Cada vez que esta revista publica las listas de las personas más ricas del mundo, todos los periódicos recogen las peculiaridades de los alistados y las fortunas que les adornan. Leer esas crónicas produce diferentes efectos según sean las características del lector: mera curiosidad para los simples curiosos, envidia para los avaros y codiciosos, indiferencia no exenta de pizcas de ansias de emulación para los acomodados y rabia para los más pobres y para los comprometidos con la consecución de una sociedad más justa, equilibrada e igualitaria.
Porque sólo rabia puede producir la desigualdad flagrante que permite que muchos millones de personas vivan en la absoluta pobreza o mueran de hambre o víctimas de enfermedades (curables en el mundo civilizado pero no en el Tercer Mundo), mientras hay quien gana tan millonarias cantidades. La revista Forbes -que no es la culpable de las desigualdades aunque tanto promueva su divulgación sin injustificarlas- trabaja para el capitalismo, pues aunque en su nombre original predique que está dedicada a "personas que hacen y lo que hacen", no recoge nunca el trabajo abnegado de los más humildes sino los resultados multimillonarios de los opulentos. Se trata de una revista surgida hace más de noventa años para interferir en el mundo financiero. Su lema no puede ser más certero ni esclarecedor: La herramienta del capitalista. Cuando en 1986 decidió publicar la lista de las personas más ricas del mundo por primera vez, no hizo sino provocar esos accesos de rabia a quienes sufren la pobreza y acrecentar las crónicas rosas en torno a los aspectos más nimios de los personajes de las listas, sin profundizar nada en la brutal injusticia en que se sustenta el hecho de que los gobiernos del mundo permitan amasar tan vergonzosas fortunas.
Ese mexicano tan rico al que hago alusión al comienzo se llama Carlos y se apellida Slim. En esto bien poco se diferencia de otros Carlos que yo conozco, que trabajan de sol a sol en sus oficinas, andamios, talleres, explotaciones agrícolas o forestales, etc... ni de algún otro Carlos, que también conozco, que merodea en los lugares lumpen de las ciudades, o acuden periódicamente a las oficinas del paro, o a los departamentos en los que se solicitan y gestionan las ayudas sociales. Digo que no se diferencia porque tiene un nombre muy corriente y me remonto al leve instante en que las personas somos exactamente iguales, en el lapsus de nuestro nacimiento, en el que sólo somos dueños de un nombre.
Sin embargo, según las crónicas, Carlos Slim es un ciudadano muy corriente y vulgar que no usa ordenador y que aún, como hacía mi padre hace muchos años, anota los ingresos y los gastos en una libreta, supongo que será una libreta de hojas anchas, para que quepan todas las cifras, salvo que no le interesen ni le preocupen demasiado a partir de las unidades de millar hacia atrás.
¿Cómo llegó Carlos Slim a ser el más rico del mundo? Nada demasiado especial, nada que no esté al alcance de cualquiera, porque su imperio se inició en una mercería de la Estrella de Oriente, en la calle Capuchinas de Ciudad de México. ¡Atentos los merceros del mundo, no desesperen, porque pueden llegar a almacenar 39.128 millones de euros! Nada que no pueda proyectar un niño, pues Carlos llevaba las mercería "con los ojos cerrados" cuando sólo tenía ocho años, y a los doce años era ya un experto inversor en Bolsa, de la que consiguió el dinero necesario para crear su propia empresa con 25 años. ¿Qué más cosas hace este hombre para ser tan rico? En sus negocios, está claro, negociar. En la vida, según cuenta la redacción rosa, ser austero ("nada de mármoles ni maderas nobles"), como si los menesterosos lo fueran por haber abusado del mármol y la caoba. Además, estuvo atento -¿sólo atento?- cuando fue privatizada la empresa de telecomunicaciones Teléfonos de México, para hacerse con el 20%, que ya se ha convertido en el 80%.
Eso sí, todo lo ha hecho con naturalidad. "A algunos les da por ser toreros o por pintar, a mí me gustan las inversiones", dicen que dijo. Tan natural que, según comentan sus amigos, puede repetir camiseta durante un par de días cuando está de vacaciones. Más o menos como mi amigo Mauri, que vino a trabajar en el monte a mi pueblo natal, que usaba la misma camisa durante toda la semana. (¡Ya le preguntaré a mi amigo cómo no se ha hecho multimillonario teniendo en cuenta su sencillez y su ahorro en camisetas!). Es curioso que los informadores consideren excepcional que a Carlos Slim le guste "la bohemia de una guitarra y alguien cantando", como algo que le enaltece. En todo caso como a tantos otros que no hemos tenido la misma suerte ni el mismo éxito que él en las finanzas. Dado que el millonario ha afirmado "ser impermeable" a las informaciones, incluidas las de la prensa rosa, bueno será eximirle de culpas, porque un sistema financiero y económico mundial que permite injusticias tan ostentosas, no ha de cargar las responsabilidades sólo sobre quienes potencian y se benefician de sus perversiones sino, sobre todo, sobre quienes mantienen ese sistema capitalista a ultranza, que bien se han encargado de desacreditar todo lo que no sea libre mercado según las tesis de los neoliberales (neocons) más desalmados.
Conviene saber en qué ámbito y contexto ha acumulado su fortuna este hombre más rico del mundo. En plena crisis financiera y económica internacional, en el último año, Carlos Slim ha ganado 18.500 millones de dólares. Para conseguir acumular tanta riqueza, un español medio tendría que trabajar durante 40.000 vidas, siempre y cuando no gastara nada durante todo ese tiempo. Otro dato, el capital acumulado por Slim es similar al Producto Interior Bruto (PIB) de Bolivia, y aún le sobrarían casi 10.000 millones de dólares. El ámbito en que ha hecho tal fortuna es un país (México) en el que los ingresos medios anuales alcanzan sólo los 14.000 dólares (10.240 euros, ¡cuidado, no confundir con "millones de..."). En México, además, se han cuantificado 45 millones de pobres, una cantidad muy cercana a la mitad de la población de aquel Estado. Las cifras comparativas serían mucho más escandalosas si tuviéramos en cuenta las cifras a nivel mundial, toda vez que el hambre, la pobreza y las pestes constituyen hoy el arma de destrucción masiva más mortífera.
Deberían abstenerse los más pobres de leer los periódicos, al menos, las páginas o secciones que recogen estas noticias impúdicas y groseras que, más que un simple agravio, constituyen una agresión. Los parias de la Tierra, desde su silencio y desde sus gemidos de lástima, reclaman pudor a los adinerados y a los opulentos. Reclaman decencia, rectitud y probidad para que no se ponga en duda su honestidad mientras han ido apilando sus sospechosos caudales. Reclaman modestia para que no genere incertidumbre su humildad, algunas veces sólo obediente a la falsedad de su ausencia de engreimiento. Y reclaman cautela y recato como actitud de respeto ante su desventaja.
Los pobres lo son por su escasez, que no por su idiotez. Saben que quien acumula riquezas en la medida que lo han hecho los de las listas de la revista Forbes, tal vez no han transgredido leyes (porque las leyes no siempre son justas), tal vez nunca han tenido que ir a defenderse en los juzgados (donde los jueces, aún pudiendo ser rectos, no son infalibles ni perfectos), pero sí son inmorales, porque la moralidad ha de cerrar el paso a la codicia y la avaricia que impulsan a estos especuladores financieros. Como mínimo, amasar tan ilimitadas fortunas es antiestético.
