Autor: ROBERTO LERTXUNDI | SENADOR POR EUSKADI
Fuente: EL CORREO - OPINION
La izquierda abertzale, toda ella, necesita participar en la acción política. Necesita aglutinar y representar sus legítimos votos. No puede continuar dejando a sus votantes fuera de las instituciones. Y necesita hacerlo pronto, porque la fidelidad en la política no es indefinida. El mordisco de Aralar en las últimas elecciones autonómicas está ahí presente. Y que le pregunten a
EA (el partido que más sobrerrepresentado ha estado en las instituciones, y que ahora se encuentra al borde de la desaparición) lo que significa la pugna por la utilidad del voto. La izquierda abertzale que ha venido aglutinándose en torno a Batasuna no puede ser un espectacular pasivo de la reordenación de los espacios electorales en el campo del nacionalismo vasco. Su ausencia de las instituciones le sitúa en condiciones de inferioridad en ese proceso que se libra con el cuchillo en los dientes. Los plazos cada vez son más cortos y la capacidad de influencia de Batasuna va a menos.
Pisar moqueta institucional ha sido habitual en los electos batasuneros desde 1979 hasta las municipales de 2007, con un suelo electoral de unos 100.000 sufragios, mantenidos incluso cuando la anulación de sus candidaturas les ha hecho orientar su voto hacia la nulidad o el blanco. Esto ha sido lo habitual a lo largo de estos 30 años dentro de la estrategia política y militar de ETA, que alcanzó su máximo éxito con el Pacto de Lizarra, con la unidad nacionalista bajo tutela etarra.
La nula fiabilidad de las diferentes cúpulas de la organización terrorista, ha cerrado de manera definitiva cualquier perspectiva de proceso negociador. Con ETA no se negocia, y sus secuaces, los que forman 'el planeta etarra', no disfrutan de los mismos derechos que el resto en materia de representación política. La sentencia del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo les ha dejado en su lugar: no hay sitio para la política sin un rechazo explícito a la organización etarra.
Hace unos días, en declaraciones a la prensa, decía Paco Letamendía que abjurar de ETA es hoy impensable. Discrepo, junto a algunos significativos ex miembros de cúpulas etarras como Urrusolo y Gisasola: hoy es, precisamente, pensable. ETA ha perdido la batalla política y está claramente perdiendo la batalla militar. Hoy es el momento de cortar el cordón umbilical, cuanto más tiempo tarden en dar ese paso, más débil será ETA y más volátil será la reserva de voto batasunera.
Abundando en la argumentación, creo que se puede asegurar que a Euskadi, a nuestro sistema democrático, le conviene la participación política, sólo política, de todo el espectro de la izquierda abertzale. Puede afirmarse que el mapa electoral vasco no está completo sin Batasuna, pero simultáneamente asegurar que la democracia vasca no puede tolerar la presencia política de Batasuna en las actuales circunstancias. Y esta situación (conviene a la democracia, pero ahora es imposible) no es un silogismo: es una decisión irreversible.
De los dirigentes de Batasuna depende tomar las medidas para proteger sus votos y representarlos en las instituciones. Puede afirmarse que el futuro está escrito: cuanto más tarden en dar ese paso decisivo, menor será su fuerza política y su peso dentro del ámbito nacionalista vasco.
A medida que se visualiza la debilidad de la organización etarra, la bisoñez e ineptitud de sus dirigentes ocasionales y los éxitos de la movilización social, es decir, a medida que ETA deja de ser un factor condicionante, su capacidad de representación irá a menos, y el resto de socios nacionalistas se frotarán las manos disfrutando de la obcecación de los dirigentes ezkerabertzales.
¿Por qué esa resistencia de Otegi y sus colegas a dar ese paso? ¿Por qué no abordan un proceso como el irlandés? ¿Por qué Otegi no acepta ser el Gerry Adams vasco?
Este año 2009 ha sido el '50º macabro aniversario' del inicio de la organización ETA. Puede afirmarse que son '50 años de fracaso'. El balance etarra sólo arroja números rojos, no hay nada positivo como resultado de su existencia:
-daño y dolor. ETA ha asesinado a casi 1.000 personas. Y en sus propias filas hay más de 1.000 entre presos y escapados a otros países.
-daño y dolor colectivo para los vascos. Esa mayoría de la ciudadanía vasca, que nos hemos visto agredidos, divididos, enfrentados y discriminados por el terrorismo.
-daño y perjuicio a nuestra convivencia, daño y perjuicio a los ideales del nacionalismo vasco manchados por la sangre derramada en su nombre.
-daño y perjuicio a los no nacionalistas, a quienes se ha pretendido silenciar y hacer desaparecer por medio de la intimidación más brutal.
Un balance que se cierra en el campo de la política con el primer Gobierno autónomo en Euskadi liderado por un lehendakari socialista con el apoyo del PP.
¡Triste balance para los etarras!
Es hora de cerrar la persiana, de salvar los muebles, de intentar buscar su sitio sólo en la política. Balance lamentable y sin frutos, sólo con dolor y desolación. Me decía hace poco un senador del PNV: «Es que después de 50 años pegando tiros, que lo máximo que alcances es ser concejal de Amorebieta...». Le dije: «Pues eso».
En esta coyuntura del ocaso etarra, el campo político del nacionalismo vasco está en constante movimiento, los únicos que no lo hacen son los batasuneros, cuanto más tarden en llegar a la política, más débiles serán.
Si los dirigentes de Batasuna dan el paso y si sus votos les respaldan serán bienvenidos a la política, donde la palabra y la razón son los únicos argumentos para alcanzar los objetivos de los distintos grupos políticos. Por el contrario, si Batasuna persiste en ligar su presente y su futuro inmediato al harakiri etarra, compartirá con ellos ese mismo proceso de minimización. BALAS o VOTOS no es una disyuntiva con respuesta abierta: la única opción es la democracia.
