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Iritziak eta Gaiak

ATRAPADOS

19/10/2009

Egilea: VICTOR URRUTIA - Catedrático de Sociología de la UPV/EHU

Victor Urrutia Catedrático de Sociología de la UPVLa violencia de ETA es como un fuego que atrapa a quien lo contempla en una noche fría o como una tela de araña de la que, una vez dentro, no se puede salir. Así de real. No se puede estar con la democracia y, simultáneamente, desear la violencia. No se puede estar a favor de la libertad de expresión y, a la vez, apoyar a quienes asesinan. Así de claro. Mezclar libertad y violencia, democracia y crimen es una perversión ética y política. Se mire como se mire.


El Tribunal Europeo de Derechos Humanos cuando hace unos meses dio su respaldo a la Ley de Partidos y sentenció la ilegalización de Batasuna partió de estas consideraciones básicas de la democracia. Y apuntó con claridad al eje axial de Batasuna y del movimiento que le circunda, es decir, a su modelo de sociedad contradictorio con el concepto mismo de sociedad democrática. Expresó con rotundidad que una organización política no puede, en un sistema democrático, pretender la imposición de su modelo de sociedad como el exclusivo y, por lo tanto, excluyente. No es sólo la no condena o "comprensión" de la violencia lo que se rechaza sino los fines últimos de la organización.


En otras palabras, no se puede practicar, animar, justificar, consentir, simpatizar con los que asesinan, aunque sea por razones políticas, y sostener, a la vez, unos pretendidos ideales de libertad popular y democracia.


Por eso este fin de semana, una vez más, hemos contemplado todo un ejercicio de confusión política y ética en la manifestación de San Sebastián. Un cuestionamiento real del Estado de Derecho y, en definitiva, de apoyo tácito a los violentos.


Los encausados por los jueces, a quienes respaldaban los manifestantes, no perseguían el final de ETA sino su retroalimentación mutua. El auto del juez instructor ha puesto sobre la mesa datos concluyentes sobre las maniobras llevadas a cabo en esta iniciativa de recomponer los puentes con ETA. No les importaba el terrorismo ni la violencia practicada contra sus conciudadanos sino la rentabilidad política que les produce esa violencia y, por supuesto, no figuraba entre sus pretensiones la de denunciar públicamente su rechazo.


Por todo ello considero un paso atrás en la cultura democrática de Euskadi, el acto de San Sebastián. Un error de aquellos partidos y sindicatos que, aceptando los valores éticos de la libertad y de la justicia, hacen el juego a los que piensan que el terror es la solución a nuestros problemas de convivencia. El nacionalismo se ha enredado en la frontera que separa a los demócratas de los liberticidas y ha llenado de niebla una bella mañana otoñal de Euskadi.


 

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